En la revista Mujer Hoy, del diario La Rioja, ha salido publicado un artículo firmado por la escritora y periodista Julia Navarro y que he leído hoy, entre dar la crema solar a un niño, poner el bañador a otro y convencer al tercero para que bajemos a la playa. Un artículo que, así leído, rápido y un poco en diagonal, me ha dejado mal sabor de boca.
¿Por qué?
Tal vez porque a medida que leía solo recibía un mensaje: disciplina a tu hijo para que no nos moleste. El niño bien educado es el niño que no molesta.
Os explico el porqué de mi impresión. La periodista nos relata tres anécdotas vividas por ella misma, donde nos muestra a unos niños supuestamente maleducados que molestan a los demás ante la indiferencia de sus padres. Su mensaje es: estos niños son maleducados porque sus padres les dejan serlo, porque no les ponen límites ni les disciplinan.
Lo siento, pero no he podido más que pensar, “¡Mira!, otra más” Otra persona, adulta, que mira el mundo desde sus alturas, desde sus intereses y sus necesidades, sin hacer el mínimo intento de entender y conocer lo que se esconde en el interior de esa realidad que a ella le resulta “tan molesta”. Otra persona, adulta, que construye su realidad basándose en sus propias carencias afectivas, aquellas que echaron raíces en su infancia, cuando todo eran imposiciones, límites insuperables, miedos y falta de atención y amor. Otra persona, adulta, que no está dispuesta a cambiar nada y que prefiere perpetuar todo un sistema de crianza adultocéntrico e infantifóbica para seguir “honrando a su padre y a su madre” (Alice Miller, "El cuerpo nunca miente". Ensayos TusQuets. 2009) y no ver su propio dolor y su propio infierno personal. Ahoguemos la infancia de nuestros hijos como ahogaron la nuestra. ¡Si señores!, que no cambie nada, no vaya a ser que realmente cambiemos el mundo.
Me vais a permitir hacer mi lectura personal de las tres situaciones descritas por la señora Navarro.
En la primera se encuentra en la terraza de un restaurante. Nos describe como una niña, de unos seis años, se comporta de manera maleducada y ruidosa molestando a los demás, ante la indiferencia de sus padres y un hermano que sólo juega a las maquinitas. Ante la situación que describe no puedo menos que estar de acuerdo en que esos padres no están actuando correctamente, pero mi lectura de lo que ella describe es muy distinta y, por lo tanto, no creo que lo que ella espera - una regañina de la madre (tal vez reforzada por algún cachete) - sea la solución. Yo aquí veo dos hijos reaccionando a la indiferencia y falta de atención de sus padres. El niño, ya de unos doce años según la periodista, ha asumido que haga lo que haga no va a recibir lo que necesita, así que, ya en camino de convertirse en un adulto “estandar”, consigue un buen sustituto de la atención de sus padres: su vídeo juego. La niña no, la niña es todavía lo suficientemente pequeña y mantiene la esperanza de no pasar toda la cena ignorada, por lo que hace todo lo que está en su mano para que al menos su madre le preste un poco de atención. Como lo que funciona es el mal comportamiento, pues se porta mal.
Si la señora Navarro en lugar de una niña maleducada se hubiera encontrado una situación prácticamente igual: una mesa donde los dos padres comen y tal vez charlan entre ellos, mientras dos hijos se mantienen quietecitos y sin decir palabra, absolutamente fuera de la conversación de sus padres pero calladitos y sin molestar; probablemente no hubiera encontrado ninguna razón para escribir sobre ello. Para ella, esta situación hubiera sido lo normal y deseable.
Pero a mi, hoy por hoy (lo siento, demasiada Alice Miller en mi mesilla de noche) me hubiera dolido igual, porque en el drama de esta anécdota lo de menos es el comportamiento de la niña. No, el drama principal son dos hijos que no reciben la atención que necesitan. Y ahora que me explique la señora Navarro como reaccionaria ella si hoy en día se ve obligada a cenar con tres personas (a las que por cierto, quiere muchísimo) que la ignoran sistemáticamente toda la cena, no la incluyen en su conversación y hablan entre ellas, mientras esperan que se mantenga calladita y sin molestar a nadie. Evidentemente no se pondría a tirar los espaguetis a diestro y siniestro, ni a hacer ruidos con el plato. No, ya no, como la adulta que es ahora tiene otros recursos y, al menos, puede coger su bolso y marcharse cuando le de la gana. Eso sí, posiblemente muy dolida.
Pero lo cierto es que a la señora Navarro esto no le ocurrirá nunca porque los adultos no nos hacemos estas cosas entre nosotros, aunque sí asumimos que hacérselo a un niño es normal. Evidentemente es lo que nos hicieron a nosotros y aceptar que esta situación es injusta y ofensiva requiere mucha reflexión para salir fuera de la trampa de nuestra propia infancia.
Yo aquí no veo unos padres que deban regañar a sus hija, sino que deberían abrir los ojos y decir, “si hija, lo siento, os estamos ignorando y ofendiendo a tu hermano y a ti. Vamos a cambiar de actitud y a partir de ahora vamos a disfrutar de esta cena – y de esta vida, porque dudo de que el problema se limita a una esporádica cena - como la familia de cuatro miembros humanos que somos”.
Tal vez las próximas veces que la señora Navarro vaya a un restaurante le apetezca observar desde esta perspectiva a las familias con hijos analizando en que situación los niños, no sólo se portan mejor, sino que también parecen más felices. Tal vez a la señora Navarro el próximo artículo se lo inspire la falta de felicidad de un niño y no su capacidad para molestarla a ella.
Segunda anécdota: un niño de unos cuatro años que va tirando arena a la gente en la playa. Totalmente de acuerdo: es un comportamiento que se tiene que corregir. Tal vez hubiera bastado con que, en el momento en el que el niño le molestó, ella le hubiera informado amablemente de que le estaba molestando y de que le podía hacer incluso daño si le metía arena a los ojos. Posiblemente compartir esta información hubiera sido suficiente para que el niño cambiara su comportamiento. Tal vez los padres del niño, en ese momento, andaban liados y no controlaron la situación a tiempo. Parece ser que la madre se disculpó, pero a la señora Navarro esta disculpa le supo a poco ¿Esperaría tal vez un buen bofetón al niño delante de ella? ¿O que, al menos, lo agarrara violentamente del brazo mientras se lo llevaba medio arrastrando hacia su sombrilla? ¿No es posible que la madre, tras disculparse a las personas molestadas, hablara con el niño sin enfados ni escenas violentas para informarle de lo inadecuado de su acción? ¿Entiende, señora Navarro, que los niños no pueden ser conscientes de las consecuencias de todas sus acciones y por eso experimentan, necesitando muchas veces que nosotros marquemos el camino para evitar situaciones peligrosas o inaceptables? ¿Ha oído alguna vez, señora Navarro, que para criar un niño hace falta un pueblo entero? Tal vez, si considera este punto de vista, la próxima vez que un ser humano pequeñito haga delante de usted algo no ya inapropiado, sino claramente peligroso, ejerza su parte de responsabilidad que como adulto del “pueblo” le corresponde y, tratándole con el mismo respeto con el que trataría a cualquier igual, le informe de lo que sea necesario.
Pero la tercera anécdota es, con mucho, la que más me ha irritado. Resulta que a la señora Navarro y a algunas otras personas - adultas - les resultaba inaceptable el ruido que media docena de niños hacían con unas trompetas. Y ahora yo me pregunto que si esta escena hubiera sido protagonizada por las mismas trompetas pero por seis adultos vestido de “la Roja” y tras ganar la selección española de football el campeonato mundial el verano pasado, la señora Navarro también hubiera escrito un artículo sobre lo inadecuado de andar molestando a la gente cuando unos cuantos están felices y celebrando algo. O tal vez si las mismas trompetas las hubieran llevado un grupo de chicas, adultas, todas disfrazadas de conejito en la típica despedida de soltera. Entonces, creo yo que ese señor - que según cuenta la señora Navarro, tuvo que abandonar el escenario de los hechos – no se hubiera levantado de su sitio ni con una grúa (a pesar del ruido).
Pero no, los protagonistas eran un grupo de chiquillos. ¿Celebraban algo? ¿Sabe la razón del barullo? No, claro, eso no importa. Los adultos podemos saltarnos todas las normas más básicas de urbanidad y educación por los más peregrinos motivos sin que ello ni extrañe ni moleste a nadie. Incluso en ocasiones, como esta misma madrugada en el pueblo donde veraneo, está permitido a cualquier hora de la noche y durante las 24horas del día. Por supuesto que los adultos tenemos buenos motivos para armar jaleo y molestar a todo el mundo, incluyendo a los pobres críos que intentan conciliar el sueño en una habitación cerrada a cal y canto en pleno Agosto, y en donde todavía se cuela el estruendo de la música techno de sus muy bien educados conciudadanos mayores de edad. Pero ellos, nuestros niños, nunca tienen ninguna buena razón para andar molestando a la gente que, tal vez, la misma noche anterior no les dejaba dormir con su ruidosa juerga nocturna. Y eso que ellos se divierten a una hora razonable. Pero ni con esas. Ellos a callar y si están felices y tienen algo que celebrar que lo hagan en silencio, faltaría más.
Ahora imagínese, señora Navarro, que el barullo de esa media docena de niños con trompetas era debido a que los pequeños celebraban que uno de sus coleguitas acababa de superar un cancer infantil (por poner un ejemplo), o que sus padres habían vuelto de un país en guerra sanos y salvos (por poner otro). Claro, que no tiene por que ser tan extremo. Un campeonato de football o una despedida de soltera tampoco lo es. Tal vez sólo estaban celebrando la alegría de estar todos juntos y de que sus padres les hubieran comprado las trompetas. Eso si es cosa de niños: vivir cada segundo de la vida como si fuera la experiencia más intensa del mundo entero y disfrutándola (o sufriéndola) en toda su plenitud. Creo que a nosotros, lo adultos, nos quitaron esa capacidad “a golpes” psicológicos o, incluso, físicos (Allice Miller. "El drama del niño dotado". Fábula TusQuets. 2009; o "Por tu propio bien. Raíces de la violencia en la educación del niño". Ensayos TusQuets. 2009).
Vivimos en una sociedad en la que los niños no caben, no hay sitio para ellos, nos molestan. Nos molestan en el horario laboral y nos molestan fuera de él. No soportamos ver su capacidad para denunciar la injusticia, su necesidad de aprendizaje constante (y nuestra responsabilidad en el mismo), su alegría incontrolable que les hace amar y aprovechar cada segundo de la vida. Y una sociedad donde sus niños no tiene cabida, donde se les destruye la infancia para que se amolden y se conviertan en adultos que perpetúen este sistema enfermo, es una sociedad sin esperanza. Como dice Ileana Medina Hernandez en su blog Tenemos Tetas:
"Una sociedad "niño-fóbica", construida de espaldas a la infancia, donde los niños no tienen cabida en los hoteles, ni en los restaurantes, ni en los aviones, ni en los centros de trabajo, ni en nuestra habitación, ni en nuestras vidas... es una sociedad fascista y suicida. (Y luego nos preguntamos por qué hay fracaso escolar, generación ni-ni, violencia adolescente, etc...)"
O Vivian Watson en Nace una Mamá:
"El gran error está en considerar a los niños como ciudadanos «de segunda». No pensamos en ellos como personas, con los mismos derechos que los adultos. Toda persona tiene derecho a ser escuchada y tomada en cuenta. Los niños, los bebés, también. De hecho, y dado que son más débiles, nuestra consideración hacia ellos debería ser mucho mayor."
"Una sociedad "niño-fóbica", construida de espaldas a la infancia, donde los niños no tienen cabida en los hoteles, ni en los restaurantes, ni en los aviones, ni en los centros de trabajo, ni en nuestra habitación, ni en nuestras vidas... es una sociedad fascista y suicida. (Y luego nos preguntamos por qué hay fracaso escolar, generación ni-ni, violencia adolescente, etc...)"
O Vivian Watson en Nace una Mamá:
"El gran error está en considerar a los niños como ciudadanos «de segunda». No pensamos en ellos como personas, con los mismos derechos que los adultos. Toda persona tiene derecho a ser escuchada y tomada en cuenta. Los niños, los bebés, también. De hecho, y dado que son más débiles, nuestra consideración hacia ellos debería ser mucho mayor."
Señora Navarro, recapacite sobre su artículo porque es un artículo muy triste donde una mujer adulta deja al descubierto la intolerancia, el abandono y el dolor que sufrió en su propia niñez. Una intolerancia, un abandono y un dolor que la han dejado ciega y dispuesta a repetir los mismos patrones adultocétrico, infantifóbicos y patriarcales a la siguiente generación. Al próximo niño que la moleste mírele con atención, a ver si descubre al pequeño ser humano que intenta comunicarse con usted y lo que quiere decirle. Nos hemos convertido en extraterrestres para nuestros propios niños los cuales intentan comunicarse con nosotros, los adultos, con todos los recursos que tienen a su alcance. Y como, desgraciadamente, no lo consiguen, dejarán de intentarlo (como el adolescente del vídeo juego de la primera anécdota) como la cría de elefante atada a un poste que no puede derribar y que, una vez adulta, cuando con un mínimo esfuerzo podría soltarse y ser libre, se mantiene atada sin moverse, encadenada a los recuerdos de su infancia.





