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sábado, 1 de octubre de 2011

NUESTRO BAUTISMO..... DE PUNTOS


Ayer llegó el gran día. Ese que me vengo temiendo desde que me pusieron a V en brazos tras el parto. Ese que todos los padres saben que pasará sí o sí alguna vez en la vida de sus retoños.

Si hoy tuviera yo que dar un premio Nobel, se lo daría al médic@, curander@ o modist@ que se le ocurrió un buen día suturar una herida profunda en un ser humano.

Ayer V recibió los primeros puntos de su vida. Fue en la pierna. Más concretamente en la cara interio-posterior del muslo derecho. La razón: la estocada de un grifo de fuente con complejo de toro Ratón. ¿Como acabó el grifo en el interior del muslo de V? Ese es un misterio para el que todavía nadie, ni el mismo V, hemos encontrado una explicación convincente. Parece ser, según versión del accidentado, que estaba encima de un muro con la intención de dar un doble mortal con tres vueltas hacia adelante y dos hacia atrás y caer en medio de unas plantas. Pero se despistó: su amigo E saludó en ese momento (de concentración extrema) a otro niño, el se sobresaltó, desvió por un segundo la vista de las plantas objetivo, y acabo con el grifo incrustado en el muslo.

Cuando vino hacia mí gritando y llorando algo me dijo que aquella vez el dolor era diferente. Y eso que al principio no vi mucho. He pasado alrededor de 5 años de mi vida (desde que V anda) recibiendo a mis niños cuando me vienen accidentados y llorosos con una mano tapando la parte más inverosímil de su cuerpo, sintiendo que esos 3 segundos (lo que me cuesta en quitarles la mano o encontrar el punto golpeado)  que tardo en comprobar que la parte en cuestión sigue en su sitio (aunque un poco maltrecha ), son una eternidad; pero siempre con el feliz resultado de que la cosa nunca ha llegado a mayores y todo se cura con el culito de la rana y un beso.

Por eso ayer tenía la certeza consciente de que, como siempre, todo quedaría en un susto (aunque una parte de mi inconsciente me decía lo contrario): por un momento quité la mano de V de donde se presionaba y sólo vi el pantalón íntegro. Pero había visto un punto equivocado. Dos centímetros más atrás un enorme siete en la tela dejaba entrever un boquete en su pierna. Boquete que dejaba ver con claridad todas las capas del muslo hasta ¿el hueso? Al menos el tejido adiposo se veía con claridad e incluso colgaba por los laterales de la herida. Se me subió el estómago a la garganta y tuve la  certeza de que el gran día había llegado: nos estrenaríamos con los puntos.

A partir de ahí todo fue como la seda. Estaba en el parque con dos amigas que en seguida se pusieron en marcha. Tere sacó una megatirita para proteger el boquete hasta que llegáramos al médico. Paqui me llevó a la consulta pediátrica que, por suerte, estaba a dos minutos del parque. A Tere la dejamos con la chiquillería restante, excepto mi pequeño M y la pequeña de Paqui, que nos los llevamos porque tienen la curiosa capacidad de desaparecer de golpe aunque no les quites la vista de encima. En la consulta, una amabilísima pediatra nos informó que semejante herida sólo podían coserla en el hospital, pero nos hizo una cura de urgencia y nos llamó un taxi.

Creo que el taxi no tardó ni tres minutos. Y en menos de 10 minutos más estaba en la puerta de urgencias. No pasaría ni un cuarto de hora cuando V ya estaba en su camilla, con dos parches anestésicos en la parte posterior de cada mano y yo con tres cuentos infantiles sobre mis piernas. A partir de ahí a esperar a que la anestesia le hiciera efecto en las manos para que al ponerle la vía no le doliera. Espera que fue amenizada por la lectura de los tres cuentos un par de veces cada uno.

Médic@ y enfermer@s fueron un amor de amabilidad y cariño por mí y por el niño. A mi petición de hablar en inglés (en semejante estado nervioso me bloqueo totalmente y entender el suizo-alemán es para mí como intentar entender chino mandarín) no sólo no tuvieron ningún problema, sino que una doctora incluso se dirigió a nosotros en español. Cuando pregunté si podía estar en todo el proceso con mi niño, me dijeron que "por supuesto". Sólo el momento exacto de coserle, cuando V dormía plácidamente por efecto del anestésico que le metieron por la vía, me pidieron muy amablemente que saliera porque me podía desmayar si veía al médico cosiendo el boquete en directo. Estoy casi segura de que si me hubiera resistido un poquito hubieran accedido, pero decidí que con semejante trato y teniendo en cuenta que V estaba rodeado de 2 enfermeras, un anestesista y el médico "sastre", no valía la pena ponerles en un compromiso y mejor esperaba fuera. En escasos 10 minutos el boquete estaba cosido y recosido y protegido por un apósito. V dormía tranquilo, roncando y todo.

Mi marido llegó al hospital cuando todo había pasado y yo esperaba a que V se despertara, cosa que hizo media horita más tarde, un poco lloroso y mareado. Al volver a casa nos pasamos por la de mi amiga Paqui para recoger a mis otros dos niños y nos la encontramos en compañía de Tere, que tuvo el detallazo de quedarse con ella para no dejarla sola con tanta chiquillería. Me encontré a los dos pequeños cenados y satisfechos.

Es absolutamente incalculable el valor de poder dejar a tus otros hijos en unas manos de confianza cuando tienes que correr a urgencias con uno de ellos. Cuando yo abandoné el parque en el taxi rumbo al hospital, Tere y Paqui se llevaron a toda la chiquillería (3 de Paqui, 2 míos  y una de Tere) a casa de Paqui y allí esperaron juntas hasta más de las diez y media a que volviéramos. Paqui incluso quería que los dejara a dormir para que fuéramos más tranquilos. Sé que estas cosas pasan y pueden pasar hoy a uno de mis niños y mañana a otro de los suyos y que yo también me quedaría con sus peques el tiempo que hiciera falta y encantada de la vida porque los adoro. Pero cuando lo hacen contigo y con tus hijos sientes que nunca se lo vas a poder agradecer lo suficiente.

Hoy me siento tan arropada y querida por estas amigas maravillosas con las que cuentas sin pensarlo para superar estos imprevistos y que siempre están ahí, dispuestas a echar una mano donde haga falta y a quien haga falta. Sin ellas, que duda cabe de que la experiencia de ayer hubiera sido muchísimo más traumática tanto para V como para sus hermanos. Gracias a ellas todo se resolvió con suavidad y eficazmente. Por la noche me encontré en casa con mis tres niños, uno un poco dolorido, pero los tres relajados y dispuestos a dormir como lirones. Y todo gracias a que yo pude centrarme en V para que pasara todo el proceso sintiéndose amparado y protegido por su madre, mientras O y M se sentían seguros, tranquilos y felices en manos de Paqui  y Tere.

Estoy muy orgullosa de mis amigas, y estoy muy orgullosa de mis tres hijos. Los tres estuvieron a la altura de las circunstancias de una manera que me dejó impresionada.

V tenía miedo, por supuesto. Lloró porque le dolía, y se asustó mucho cuando me oyó decir que esa herida había que coserla, que nos íbamos al hospital. Pero en todo momento demostró mucha confianza en mí. Yo no le mentí nunca y los doctores también hablaron con el tomándole en cuenta como la persona que es, sin ignorarle en la toma de decisiones como es costumbre hacer con los niños.

O se quedó sin rechistar cuando, con V herido y sentado en la sillita y M colgado en el mei tai, me fui volando a la consulta del pediatra. Se quedó con Tere sin protestar ni un poquito, algo que hubiera sido  normal en otras circunstancias, y luego me dijeron que se había portado de maravilla. Por la noche me lo encontré con ganas de seguir en casa de Paqui un ratito más, pero no rechistó cuando le dije que era tarde y ya nos íbamos. Se durmió en el coche y ahora todavía duerme.

Pero el que más me llegó al corazón fue M, que con sus dos añitos demostró un madurez y una empatía impresionantes. Se mantuvo colgado a mi espalda todo el tiempo que duró la cura en la pediatra y hasta que llegó el taxi. Sólo una vez me pidió bajar, cuando vio la consulta llena de juguetes, pero ante mi negativa no volvió a insistir. Cualquiera que conozca mínimamente a M sabrá lo excepcional de esa falta de insistencia. Y luego, cuando llegó el taxi y Paqui me convenció para que se lo dejara a ella......... me quedé impresionada: Al ver que lo descargaba y oír mis palabras explicándole como tenía que quedarse con Paqui y Tere porque yo tenía que ir con V al hospital a ver al doctor para que le curara, porque V se había hecho mucha pupa, se echó a llorar pero a la vez iba repitiendo

"vale, mami"

"si mami"

Que una criatura tan pequeña fuera capaz de asumir así su dolor ante la separación, aceptar la situación dándome su bendición para que me fuera a pesar de su miedo y tristeza, me dejó con el orgullo más doloroso que he sentido en mi vida. Esas palabras dichas entre lágrimas fueron para mí la certeza de que mi hijo, a pesar de ser tan pequeño, era capaz de hacerse cargo de su papel en esa situación y estar a la altura  a pesar de sus propios sentimientos.

Parece ser que lloró un poquito durante aquellas horas, pero en general se mantuvo tranquilo. Cuando llegamos a recogerlos por la noche se me abrazó con fuerza y me preguntó

"¿Ya no te machas sin mí, eh?????, Macus con mami ¿?"

Una vez en el coche costó unos minutos sentarle en su silla de seguridad porque necesitó estar un poquito en brazos de su papi. Pero cuando vio que ya salíamos se dejo colocar tranquilamente.

Así que al próximo conductista que intente defender las bondades de sus métodos e intente convencerme de que estoy criando unos seres egoístas, malcriados y egocéntrico se va encontrar con que, sin el menor escrúpulo, le voy a estampar su propio nuevo libro en las narizotas. Supongo que sabéis a quién me refiero ¿No?........ pero de eso ya hablaremos con más detalle en el siguiente post.

De momento hoy nos vamos a pasar un sábado familiar a la selva tropical del zoo de Zurich, donde mis niños se han ganado un tucán y dos loros (de peluche) por comportarse ayer como tres superhéroes capaces de enfrentarse a los imprevistos apoyando a los adultos en la resolución de las urgencias y conflictos.

Y para acabar os cuento lo que V me dijo cuando le señalé que hacer locuras puede traer consecuencias como las que acabábamos de vivir:

"No te preocupes mami. Nunca volveré a saltar desde un muro que tenga un grifo. A partir de ahora saltaré sólo desde los muros que no tengan grifos"

Ya estoy mucho más tranquila.

¡Que paséis un buen fin de semana!



viernes, 21 de enero de 2011

HERMANOS


Ayer leí un estupendo artículo de Mireia Long hablando sobre los hijos únicos. La decisión de tener un sólo hijo o varios es muy personal y creo que - todos estaremos de acuerdo - no hay correcto/incorrecto, verdadero/falso, bueno/malo. Todos decidimos de acuerdo con nuestras condiciones y experiencias. Llevaba ya varias semanas con esta reflexión en el bolsillo y os la pongo ahora. No es con la intención de crear debate porque, como ya digo, no es un tema que admita debate (al menos no en el sentido de encontrar que argumento es más válido), sino simplemente ofrecer una visión diferente a la de Mireia y compartirla con vosotras.

En mi vida creo que sólo me ha faltado una cosa que yo considere realmente importante: hermanos. Soy hija única y esto siempre lo he vivido como algo negativo. De pequeña todos mis amigos y todos mis primos tenían hermanos. Yo era la excepción. Era la “Hija Única”.

Ser hija única estaba (y está) ligado a tener una serie de características bastante negativas: egoísta, egocéntrica, lloricona o excesivamente mimada son sólo una muestra de ellas. Desgraciadamente yo me sentía identificada con cada una, aunque en muchas ocasiones amigas bienintencionadas me decían que yo no era la “típica hija sola”; comentario que solía seguir a las críticas desgarradoras que hacían a una conocida que era (también) hija única.

Pero a parte de la suposición de que yo era, por obligación, una criatura detestable, mi condición conllevaba otra serie de claras desventajas:

1-     La soledad: horas y horas jugando en soledad. A pesar de que mis padres me dedicaban el tiempo que podían y mi madre se preocupaba de traer primitos o amiguitas a casa, la mayor parte del tiempo libre lo pasaba jugando sola. Tal vez estuviera en compañía de mis padres o de mis abuelos, pero para ellos jugar conmigo no dejaba de ser  un tanto “aburrido” (no lo neguemos, para los adultos los juegos infantiles son bastante aburridos. Nos encanta estar con nuestros niños, pero preferimos que ellos jueguen a su bola, mientras nosotros hacemos otras actividades más apropiadas para nuestra edad, como adelantar trabajo, cocinar, leer, o escribir artículos para el blog) y a la larga acababa jugando yo sola a lo que podía, aunque estuviera en compañía de adultos. Acabé siendo una maravillosa cantante en “playback” de “Enrique y Ana” y “Parchís” (por no hablar de “Los Nins” que encima me decían que era igualita a una de las niñas). A los 9 años ya me había leído prácticamente la colección completa de “Los  felices Hollister” y a los 12 había acabado con todo el repertorio de Enyd Blyton.

2-     Ser “lo único” de tus padres: en general el hijo único suele ser un hijo muy deseado y planeado y también suele tener unos padres algo mayores que la media. Esto le convierte en la gran esperanza de sus padres. Es la encarnación de su gran sueño, y eso es una responsabilidad terrible. Si tu les fallas, les falla todo. Si a ti te pasa algo, les dejas sin nada. Cuando ya eres adulto y ellos son mayores, te encuentras sólo frente a su vejez y los problemas que conlleva. También te enfrentarás sólo a su muerte. Y, desde luego, esto no compensa ser el único heredero de sus bienes, como alguna mente frívola me había sugerido alguna vez.

Por lo tanto, si algo he tenido claro es que intentaría por todos los medios no tener un hijo único. Mi gran sueño siempre ha sido una familia numerosa. Gracias a Dios, a la vida o a la naturaleza, mi marido y yo hemos hecho gala de una exuberante fertilidad que nos ha permitido tener 3 bebés en poco más de 4 años. Y aunque parezca una locura no he cerrado el cupo. Todavía estoy abierta a un cuarto embarazo, aunque todo el mundo da por supuesto que sólo bromeo cuando lo comento.

No voy a negar que criar tres niños tan pequeños y seguidos es, cuanto menos, difícil. Hay momentos en los que me supera y siento verdadero pánico. Pero a pesar de los pesares nunca, y digo NUNCA, me he arrepentido de tenerlos a los tres (y tan seguidos). La visión de los tres hermanos jugando juntos, o unos cuidando de otros, o esos primeros intentos de ser negociadores y diplomáticos, o las primeras muestras de empatía que demuestran tener, me compensa la parte más difícil de esta situación.

Muchos días me siento agotada porque cuando no se le cruzan los cables a uno, se le cruzan al otro, y yo tengo la sensación de pasar el día en un continuo de rabietas, gritos, lloros y desesperación. Pero luego un hermano abraza al que llora, u otro intercede a favor del que está recibiendo la regañina y a mí se me abre el corazón. A veces me siento culpable porque no puedo dar a cada uno todo lo que recibiría de mí si me tuviera en exclusiva. Pero luego me doy cuenta de que recibe de sus hermanos algo que no puede recibir de ninguna otra persona. Los celos y las peleas no son más que obstáculos que todos tenemos que aprender a superar, creciendo y aprendiendo a medida que conseguimos resolver las situaciones conflictivas.

Mucha gente que tiene un hijo único me dice que no sabe como lo hago yo con tres. Lo cierto es que no creo que a mí el trabajo se me haya multiplicado por tres, ni mucho menos. En realidad, aunque evidentemente tienes más trabajo, un solo hijo ya da gran parte del trabajo que dan varios niños. Yo creo que en la gran mayoría de casos, especialmente en el mundo occidental en que vivimos, es beneficioso que la atención de los padres se reparta entre varios hermanos. Lo he visto claramente en mi caso y lo veo en los casos de madres amigas que sólo tienen un hijo. Como ejemplo os contaré que mi madre me ha dicho que podía pasarse dos horas dándome de comer (por eso de que yo era “mala comedora”). ¿Creéis que eso era realmente bueno?  En cambio yo pongo la comida delante de mis tres hijos; unos días come un hermano pero los otros dos casi nada, y al día siguiente el que comió ayer casi no come y los otros dos arrasan con todo y se pelean por el último trozo. No tengo tiempo de estar haciendo el avión durante dos horas a uno o a otro, lo que no quita que si uno se hace el remolón sea yo el que le de con la cuchara o el tenedor. A veces se lo toman como un juego, o los mayores tienen celillos del pequeño, y tengo que estar dando a los tres en la boca, como si fueran los tres bebés. Otras veces el pequeño se empeña en comer el sólo, como los mayores, e incluso prefiere coger del plato de cualquiera de sus hermanos (he desistido en ponerle comida diferente a él porque no come nada que no vea comer a los otros). Mientras los vea sanos y fuertes y yo les ofrezca comida sana y natural no me preocupo de si comen más o menos. Así, las comidas distan mucho de durar dos horas, y son más divertidas, formativas y nutritivas que las dos horas de lucha que mi madre pasaba conmigo. Si yo hubiera tenido un par de hermanos mi madre no se hubiera podido permitir pasarse dos horas dándome de comer. Eso hubiera sido beneficioso para todos, segurísimo.

Claro que también hay situaciones que se complican bastante por ser tres hermanos. Por ejemplo a la hora de salir de casa, sobretodo en invierno. Es increíble la de ropa que hay que poner a un niño en invierno en este país: interiores, leotardos, pantalones, camisa, jersey, cazadora, pantalones de nieve, bufanda, guantes y gorro. Muchas veces, para cuando acabo de vestir al tercero, el primero se me ha quitado la mitad, ya muerto de calor por la espera. Por no hablar de los días (la mayoría) en los que uno (al menos) no está de acuerdo con salir en ese momento y tengo que estar de negociaciones o, ya agotada, dando ultimatums y órdenes poco compatibles con la filosofía de crianza que intento seguir (Espero que en el futuro me perdonen. Una no es Superman).

Este año que el mayor ya tiene cinco añazos y empieza a hacer actividades extraescolares se me ha añadido una nueva complicación: tener que ir con todos para llevar al mayor a su clase y esperar fuera con los dos pequeños a que acabe. Así que ya me veis saliendo cargada, no sólo de toda la ropa necesaria para los tres y el deporte del mayor, sino de comida y juguetes para entretener a los otros durante la hora que dura la actividad. A veces, cuando me muevo por la ciudad con el cochecito hasta los topes, debo de parecer un vendedor ambulante. Por no hablar de la subida o bajada de autobuses o tranvías: necesito la colaboración de la mitad del pasaje para que me pasen cachivaches y niños antes de que el conductor cierre las puertas y se vaya a toda velocidad.

Pero nada de esto puede eclipsar el gran placer y la gran alegría que me produce ver a mis tres hijos. Tres hermanos que - espero con toda mi alma -  nunca se sientan solos porque, hagan lo que hagan con su vida y vayan donde vayan, siempre sabrán que en algún lugar del planeta (o de la galaxia, vete tu a saber lo que les depararan los próximos cien años) están los demás, siempre abiertos a recibirles con todo su amor.

Un amor que nació en su infancia, en aquellos días donde compartir un dinosaurio era todo un reto de diplomacia, donde los juegos compartidos llenaban las tardes de invierno, donde uno aprendía del otro, donde lloraban y reían juntos, donde luchaban, se reconciliaban, se pegaban y se abrazaban. Un amor sincero, profundo, verdadero y único.  Un Amor entre Hermanos.

jueves, 9 de diciembre de 2010

LA GUERRA DE LOS DINOSAURIOS


Creo que debemos de tener un centenar de dinosaurios en casa. Ni el más completo de los museos puede tener una exposición semejante a la nuestra. Hay de todos los tipos, colores y tamaños. Y lo más sorprendente: los niños se los conocen TODOS y cada uno.

Cada dinosaurio tiene una inicial que indica quien es su dueño. Así que están los dinosaurios con una V, los que tienen una O y los que tienen una M. Mis dos hijos mayores (V y O, de cinco y cuatro años respectivamente) ya saben distinguir perfectamente entre las tres letras y no les cuesta respetar la propiedad de cada uno. El pequeño (de 20 meses y dueño de los dinosaurios con una M) ni sabe, ni quiere saber. El sólo tiene una obsesión, o mejor dicho, dos:

-         un triceratops lila
-         un stegosaurus verde

Que haya 5 ó 6 triceratops y stegosauros más no tiene la mínima importancia. Que el triceratops lila y el stegosaurus verde lleven un V, tampoco. Pero para V si que es importante. El sabe exactamente cuales son sus dinosaurios y tiene un lugar determinado (con una postura determinada) para cada uno de ellos. Que en un momento dado no esté jugando con ellos no significa nada. Lo importante es que sus animales tienen su caja y su orden y que ahí es donde deben de estar, y no en ningún otro sitio. Y “ningún otro sitio” también se refiere a las manitas de M.

Supongo que os imagináis la causa de la guerra. ¡Estoy hasta las “narices” del triceratops y del stegosaurus! Parece increíble, pero si algo  ha puesto contra las cuerdas mi intención de aplicar la crianza respetuosa son estos dos dinosaurios.  Hemos pasado una época con cinco o seis berrinches diarios por los dichosos juguetitos.

La escena suele ir más o menos así: M mira la caja de dinosaurios de V durante un ratito. Después viene y me coge un dedo, como siempre que quiere que le acompañe a algún sitio. Me lleva a la caja y la señala. Como V está jugando a otra cosa le digo que coja lo que quiere (tal vez este sea el primero de mis fallos, pero nunca he conseguido distraerlo de su objetivo. Eso ya lo he intentado muchas veces). Feliz de la vida coge los dos animales de su corazón. Al cabo de más o menos tiempo V siempre acaba viendo los dinosaurios en poder de M.

-         Maaaaaaaamaaaaaaaaaaaa, NNNNOOOOOOOOOOOOOO
-         Pero mira V tu no jugabas con ellos. Luego te los pondrá en su sitio
-         PEROOOO SOOON MÍOOOOOOS
-         Pero es tu hermano pequeño y el todavía no entiende de propiedades y tú no los usas ahora…..
-         PEEEROOOO SON MÍOOOOOOS
-         Si, V son tuyos pero el te deja los suyos y….……
-         QUEEE NOOO QUIEROOOO, QUE SOON MÍOOOOOS

En este punto sólo hay dos soluciones:

1-     Cogerle los dinosaurios a M, que con sólo 20 meses  no entiende que son de V y que este no se los deja. El sólo sabe que cuando V se los ve la arma bien gorda. Por eso, el muy pillín, suele esconderse de V cuando los tiene y si V se los descubre viene a refugiarse en mí. A mí me rompe el alma ver llorar a M, tan pequeño y que no entiende nada. He de deciros que el berrinche le dura un buen rato porque él no se deja distraer con facilidad. Las estrategias de darle otros dinosaurios, u otros juguetes, u ofrecerle algo para comer, ¡o incluso ponerle la tele con dibujos! Nunca funcionan durante los siguientes veinte minutos. Ni la socorrida teta, tan útil en otras ocasiones, sirve de nada en estos momentos.

2-     Imponerme a V (sí, lo se, ya le he adjudicado el papel del “malo” de la película), y ya a base de gritos: “LE DEJAS LOS DINOSAURIOS SÍ O SÍ Y SE A-CA-BÓ.  Te los va a devolver en unos minutos y te los dejaremos donde los tenías y como los tenías ¡ Habrase visto niño más posesivo y egoísta, por Dios!!!! Y si lloras así TE TIRO LOS P.T.S DINOSAURIOS A LA BASURAAAAA”.

Como veis ya he perdido los papeles totalmente y “mamá conductista” me posee desde la cabeza a los pies. Soy plenamente consciente de que no soy justa con V. Sólo tiene cinco años y, que caray, son sus dinosaurios. Yo tampoco reacciono muy generosamente si veo a M jugando con mi portátil, por ejemplo. Es posible que le deje un ratito en mi presencia para que no llore y satisfaga su curiosidad, pero si intenta hacer según que cosas (como probar a ver si el ordenador vuela, por poner un ejemplo) se lo quitaré, llore lo que llore.

Podría dejarle muy claro a M que esos dinosaurios no son suyos. Costaría unas cuantas sesiones de no dárselos o quitárselos y llorar pero al final se daría por vencido (creo, no estoy segura porque este niño es muy persistente). Pero me repatea que V no sea capaz de negociar minimamente con su hermano (tú ahora le dejas tus dinosaurios como  él, o mamá, o papá te dejan tal o cual cosa. O razonamientos del tipo: tienes que compartir con tus hermanos para que ellos también compartan contigo).

Todo esto que os he contado me lleva al corazón del problema: V es exageradamente posesivo. No se atiene ni a razones ni a negociaciones. Le importa bien poco estar toda una tarde aburrido y sólo agarrando una de sus posesiones, con tal de que no se la coja alguno de sus amigos o hermanos. Intento explicarle que el placer de compartir juegos con ellos es mucho mayor que el de tener esa cosa, pero no hay manera. Y eso me duele. ¿Sabéis porqué? Pues por que me reconozco en él.

Yo hacía lo mismo. Siempre lo achaqué a ser hija única -por lo que antes de ir al preescolar no tuve que compartir mis cosas con nadie- y por esa actitud sufrí bastante. Pero él  -a pesar de sus hermanos- hace lo mismo, y no parece que esté cambiando demasiado a pesar de las experiencias repetidas de lloros de unos o de otros. Tengo la impresión de que yo le he pasado este defecto, más que por los genes, por mi propio comportamiento. Pero no sé exactamente como. Mi mas preciada posesión, mi portátil, está a su disposición, aunque siempre bajo mi supervisión, por supuesto. No creo que nunca le haya prohibido coger nada con el argumento de que “es mío”. Si algo no puede tocar suele ser porque “es peligroso para ti” o porque “puedes romperlo”. En este último caso somos más permisivos siempre y cuando lo haga bajo la supervisión mía o de su padre.

Supongo que es este sentimiento de culpabilidad el que me hace ser tan dura e injusta con él. Y no es manera, lo sé. Obligarle a dejar sus cosas no sólo es una falta de respeto, sino que además no estoy consiguiendo lo que realmente necesita, esto es, valorar más el hecho de compartir sus cosas con la gente querida, que las cosas por sí mismas.

Yo recuerdo la sensación de frustración y vergüenza que me producían los reproches que recibía cuando tenía esa actitud posesiva tan semejante a la de mi hijo. Frases como “así nunca vas a tener amigos” me hundían en la miseria, pero tampoco me hacían reaccionar en la dirección correcto. Me acuerdo que siempre temía por el “bienestar” de mis posesiones cuando estaban en manos de otras personas. Era superior a mí. El miedo a perderlas me bloqueaba cualquier otro sentimiento. ¿Será lo mismo que siente V?

Creo que él ahora mismo es demasiado pequeño para explicarme el porqué de esta actitud. Y es evidente que no está preparado para compartir sus cosas, que le tengo que dar tiempo. Pero el pequeño M,  su otro hermano O, o sus amigos, tampoco se merecen que él les trate así, sobretodo cuando ellos sí que ofrecen sus juguetes a V, al menos la mayoría de las veces.

Cuando pasa la crisis y tengo a mi primogénito lloroso y abrazado a mí, me siento totalmente derrotada. He fallado estrepitosamente pero lo peor es que no sé como debo de actuar la próxima vez (que la habrá, a menos que tire realmente los dichosos dinosaurios. Pero entonces la tendremos con otra cosa, que más da). Porque los dinosaurios siguen en su caja y M sigue mirándolos un ratito antes de venir a cogerme el dedo.