viernes, 21 de junio de 2024

HABEMUS PERROS

Han pasado ya 4 años desde mi última entrada. Desde entonces, ¡Cuantos cambios! El primero, y más traumático para todos: la llegada de la adolescencia a los peques de la familia. 

Sí, mis tres retoños han entrado de pleno en esa fascinante etapa del desarrollo humano. Pero aquí no quiero hablar de las visicitudes adolescentes sino de la consecuencia que tuvo para mí encontrarme, así de la noche a la mañana, con una cama familiar de tres metros y medio toda para mi marido y para mí, con puertas cerradas a lo largo del pasillo de la casa, con silencio en el salón, con suelos limpios de juguetes, con ausencias cada vez más largas ("¡Mamaaaa!, que me quedo esta tarde con los amigos", "¡Mamaaaaaa!, que duermo en casa de fulanito, no me esperes", "¡Mamaaaaa,  que no como/ceno en casa"...).

Yo, que llevaba cosa de doce años en contacto casi continuo con uno, dos o tres niños, días y noches, fiestas y laborables. Yo, que oía la palabra "mamaaaaa" unas cien veces al día. Yo, que me agobiaba pensando que no tenía espacio, que ellos lo ocupaban todo, física y emocionalmente. Yo.... me quedaba sola. 

Y adopte un perro.

Sí, sí. En lugar de disfrutar de mi nueva y reconquistada independencia, sentí vértigo de no ser necesitada continuamente y así, de un impulso casi loco e irresponsable, adopte a Erica. 




Erica llegó a Suiza desde Polonia gracias a la organización Home 4 dogs. La habían encontrado viviendo en una jaula sucia y húmeda junto a una enorme San Bernardo que casi ni se podía mover. La protectora que colabora con la organización en ese país llevó a ambas al refugio y las ofreció en adopción. La compañera de Erica se fue a Alemania y Erica se vino a Suiza, conmigo. 

Fue amor a primera vista. Para mí, obvio. Ella estaba tan aterrorizada que al principio no se sentía capaz de enamorarse de nadie. Fueron varios días de paciencia, cariño, dulzura, buena alimentación (obviamente, no croquetas), paseos en libertad (pude llevarla sin correa ya la segunda semana de estar conmigo), perritos amables alrededor y muchas, muchas, muchas caricias. Finalmente Erica relajó el cuerpo y el alma, hizo músculo en sus patitas atrofiadas por la falta de ejercicio, sacó a relucir su ladrido penetramuros y se enamoró locamente de mí. Formamos la diada perfecta, la vida nos sonreía, y si bien su relación con mi marido no era, ni es, perfecta, (tiene la ambición de que él no se mueva libremente por la casa sin su permiso, so pena de recibir una tanda de ladridos) sus escasos 5 kilos de peso le quitan importancia, y hasta hacen entrañable, a esa necesidad de tener el control de todo lo que le rodea. 

Y así estábamos: Mi marido tranquilo, como siempre, de los chicos alguno estrenando adolescencia y otros ya bien instaurados, con novias y demás menesteres, yo menopaúsica y Erica cuidando de todos e intentando que en la casa, y ya puestos, en todo el vecindario,  hubiera un mínimo de orden, quietud y tranquilidad. Y estábamos bien, en serio. Erica no supuso un gran cambio en la dinámica familiar, más allá de los 3 paseos al día que siempre daba conmigo (mi marido ya me dijo desde el principio que el no quería perros y no haría nada de nada) por sitios bien hermosos, sin correa, para que las dos disfrutáramos de este precioso entorno en el que habitamos. 

Pero, evidentemente, a esta vida venimos a crecer y si todo va bien aquí no crece nadie ¿no? Así que, como en esas películas en las que en el inicio ves a los protagonistas felices y sin complicaciones, e intuyes que para que haya un buen argumento el asunto tiene que petar por algún sitio y complicárseles la vida hasta niveles insospechables...

Nos llegó Dumbo



Y como de Dumbo, de su tremendo efecto en nuestras vidas y de todo el enorme aprendizaje que ha venido asociado a su intensísima y potetente personalidad hay mucho que contar, cierro aquí este primer artículo sobre los nuevos integrantes de la familia y mañana, desde el principio y tranquilamente, os explico más. 

Porque hay mucho, pero que mucho, que explicar. 






lunes, 6 de abril de 2020

COVID-19 EN CONTEXTO


Reconozco que me ha costado bastante entender mínimamente la situación en la que nos encontramos esta primavera del 2020 gran parte de (si no todos) los países del planeta: paralizados, con la población confinada en diferentes grados, la economía congelada y nuestras vidas en suspenso mientras miramos, aterrados, las pantallas de televisión, en donde se muestra la imagen dantesca de las urgencias saturadas, la gente enferma esperando en largas colas en los pasillos, enfermos en las UCIs tumbados boca abajo, conectados a respiradores (en el mejor de los casos), a la vez que se nos informa de que se está practicando una "medicina de guerra, decidiendo quién se trata y quién no. Los mayores de 80 años no serán ni hospitalizados en algunos países. En España, por lo que parece, tienen que responder a la terapia con oxígeno, y si no lo hacen, no son candidatos para ocupar un respirador. No hay sitios para todos y se prioriza a los jóvenes, que tienen más posibilidades de supervivencia.

En total en el mundo hay, a día de hoy,  1.292.564 casos confirmados y han muerto 70.798 personas de COVID-19, enfermedad provocada por el coronavirus SARS-CoV-2. Lo que significa una tasa de mortalidad de 5.4%. Cinco veces más alta de lo que se decía en un principio, cuando se comparaba con "una simple gripe". 


Ante estas cifras, yo he estado bastante desorientada. Nunca en mi vida me hubiera imaginado llegar a semejante situación. Porque hace unos meses, cuando China andaba construyendo un hospital en diez días, los europeos nos quedamos mirándolos, asombrados y admirados, pero sin reaccionar. Hicimos algunas bromas, admiramos su disciplina y tenacidad, y seguimos a nuestras cosas... por poco tiempo. Un par de meses más tarde, con Italia a la cabeza, comenzamos a ver los cuernos al toro.... y eran bastantes más grandes de lo que nos habíamos imaginado. 

El caso es que a mí me ha costado entender por qué y cómo un "chumivirus", como es este coronavirus, cuya tasa de mortalidad no debería ser más allá del 1%, y que más del 85% de la población lo pasa asintomáticamente o con síntomas llevaderos y comparables a los de una  "simple gripe", ha sido capaz de paralizar un planeta entero, con todas las enormes consecuencias que eso tiene, y va a tener a corto, medio y largo plazo para la economía mundial. 

Por suerte, el otro día llegó a mis manos un artículo escrito por un excelente pediatra alemán, el doctor Herbert Renz-Polster, a quien tuve la suerte de conocer en una de sus charlas en un congreso de la Liga de la Leche. En él explica detalladamente las razones de por qué este virus ha sido capaz de liar la que ha liado y os las voy a resumir aquí en pocas palabras, aunque os recomiendo leer su artículo completo, el cual he traducido (lo mejor que he podido) al español y que encontraréis aquí. A mí, esta información me ha ayudado a comprender por qué está sucediendo lo que está sucediendo y eso, aunque parezca mentira, me ayuda a controlar el miedo y no ahogarme en él. Ahora entiendo lo que pasa, y eso me hace sentir más segura.  

Según el doctor Renz-Polster, a pesar de que su tasa de mortalidad teórica no debería ser superior al 1% (y podría ser incluso muy inferior) este nuevo coronavirus está llegando a tasas de hasta 8% en algunos países por:
  1. Somos una especie "virgen", o sea, es un nuevo agente infeccioso para el que hasta ahora nadie tenía inmunidad. Esta es una diferencia fundamental de la gripe y del resto de virus comunes que provocan enfermedades respiratorias, contra los cuales gran parte de la población tiene inmunidad total o, al menos, parcial. Esta  inmunidad previa de una población contra un virus dado tiene tres consecuencias principales:
    • Los inmunes totales no enferman y los inmunes parciales enferman, pero no de gravedad. Por lo tanto, aunque el agente infeccioso tenga la capacidad de producir una enfermedad grave como una neumonía (que no todos la tienen), mucha menos gente llegará hasta este punto. Como frente al coronavirus SARS-CoV-2 no tenemos inmunidad, ni siquiera parcial, mucha más gente tenemos el potencial del llegar a desarrollar la enfermedad más severa. Dependemos absolutamente de nuestra buena condición física en el momento de la infección, y de la buena condición de nuestro sistema inmune, así como de la carga vírica que nos entra y de la propia vía de entrada. 
    • La gente inmune contra un virus común, como en el caso de la gripe, no transmite la enfermedad, por lo que no es contagiosa. Eso hace que la carga vírica en la población y su entorno sea muchísimo más baja que con este nuevo coronavirus SARS-CoV-2, donde prácticamente todos los infectados, con síntomas o sin ellos, lo trasmitimos hasta que nos inmunizamos
    • Los más vulnerables están (al menos parcialmente) protegidos contra la gripe y otros virus respiratorios por esta inmunidad del grupo. Esta protección no existe en el caso del SARD-CoV-2.
  2. El virus, SARS-CoV-2, es capaz de reproducirse en el tracto respiratorio superior, lo que le permite ser altamente contagioso, ya que la carga vírica de las partículas de saliva que una persona infectada libera al aire puede llegar a ser muy alta. Esto lo diferencia del primer SARS, que sólo era capaz de reproducirse en los neumocitos, por lo que, aunque mucho más virulento, fue mucho menos contagioso. Diversos virus del catarro y los de la gripe también tienen esta capacidad. 
  3. Todo ello lleva a que el potencial de infección del nuevo patógeno, descrito como el número básico de reproducción, es de 2,2 mientras que en la gripe es de 1,28. Por eso se  mueve por la población muchísimo más rápido que la gripe. Esto le permite enfermar/matar en una semana lo que la gripe enfermaría/mataría en varios meses. 
  4. SARS-CoV-2 tiene la capacidad de infectar los neumocitos de los pulmones, pudiendo llegar a provocar neumonía bilateral severa, y parece que esto lo hace con mucha más frecuencia que los rinovirus (catarros) y los virus influenza de la gripe. 
  5. Por todo lo dicho anteriormente,  SARS-CoV-2 ha conseguido saturar hasta el colapso a los sistemas sanitarios, incluso de los países de la rica sociedad occidental industrializada. Y este colapso aumenta la tasa de mortalidad, ya que no todos los pacientes que llegan al estado crítico tienen acceso al tratamiento que les puede salvar la vida. Además, también aumenta la mortalidad por causas independientes al coronavirus, ya que cuando el sistema está saturado, lo está para todos. Y hemos de ser conscientes de que a la vez que corre la pandemia la gente sigue sufriendo accidentes, infartos, gripes, derrames cerebrales, etc...
Por lo tanto, a estas alturas creo que ya nadie puede dudar de la necesidad de tomar medidas drásticas que permitan ralentizar la epidemia, para así liberar los sistemas de salud y que estos puedan atender convenientemente a todos los que vayamos enfermando. Porque, posiblemente, en los próximos meses enfermaremos un porcentaje alto de la población, lo que en principio, además de inevitable, será bueno ya que iremos creando esa tan necesaria y apreciada inmunidad de grupo que proteja a los más vulnerables que no se pueden tomar el lujo de cogerlo. 

Enfermar o esperar a la vacuna, que puede tardar como mínimo un año. Esas son las dos opciones. Pero si nos infectamos, que lo hagamos en buenas condiciones, esto es:
  1. Por una carga vírica baja, lo que permitirá a nuestro sistema inmune defenderse mejor y evitar que el intruso llegue a los pulmones ( no es lo mismo que te invada un ejército de 100 soldados que de 10.000.000 ¿Verdad?).
  2. En una sociedad donde el sistema de salud está lo suficientemente desarrollado y descargado como para darnos todos los cuidados necesarios, en caso de que los necesitemos. 
Ambas condiciones las vamos a optimizar mediante el distanciamiento social, gracias al cual la carga vírica ambiental disminuye muchísimo y los sistemas de salud se van liberando de la sobrecarga, a la vez que ganamos tiempo para ir desarrollando tratamientos que ayuden a los más críticos. Nadie en la actualidad pone en duda la necesidad de tomar esta medida. 

Dejando claro este punto, pasemos al segundo tema que quiero tratar en este artículo: las diferentes maneras de conseguir esa necesaria disminución de contactos sociales, que permita ralentizar el ritmo de contagios lo suficiente como para que los que podemos enfermar lo hagamos en las mejores condiciones. 

Para ello, diferentes países han tenido diferentes estrategias. España es de las más radicales: nadie sale si no es de uno en uno, a comprar lo imprescindible, al médico o a pasear al perro. En Suiza, donde yo vivo en la actualidad, las normas son más laxas. Se recomienda no salir, pero se permite hacerlo en grupos de menos de cinco personas y manteniendo una distancia de seguridad de un par de metros entre la gente. En ambos países, todos los negocios que no son imprescindibles se han cerrado (aunque lo que se entiende por "imprescindible" cambia un poco de país a país).

Qué estrategia es la mejor para contener la pandemia, solo el tiempo lo dirá. De momento en Suiza parece que funciona, aunque evidentemente hay gente que es más estricta y gente que se cree que está de vacaciones, y se va a las orillas del lago a hacer barbacoas con amigos. Pero en general la gran mayoría es cuidadosa. Y de momento nuestras cifras no van mal

En España, tras ya tres semanas de confinamiento extremo, empiezan a oírse voces llamando la atención sobre el daño que este puede ocasionar a un sector muy especial de la población: los niños. 


Y es que los niños son los grandes olvidados en toda esta pandemia. Hasta ahora, los medios de comunicación y los políticos solo les nombraban para asegurar que son "grandes transmisores del virus", cosa que no es realmente cierta. Afortunadamente, SARS-CoV-2 es amable con nuestro pequeños, siendo excepcional que enfermen de gravedad y pudiendo estar infectados sin mostrar ningún síntoma. Pero no por ello son más contagiosos que los adultos que tampoco tienen síntomas o los tienen leves. Así que para nada son aquí una amenaza especial o "los malos de la película".

Y que un niño se pase tres semanas en casa sin pisar la calle es, solo por sí mismo, criminal. Es una crueldad. Y, posiblemente, es una crueldad innecesaria. Porque, además, no todos los niños tienen casas amplias, soleadas, con balcón o jardín. Muchos viven en pisos pequeños, oscuros, demasiado llenos de gente para sus dimensiones y, en el peor de los casos, con adultos estresados y violentos.

En este caso es un pediatra español, José María Paricio Talayero, muy querido y conocido por muchos de nosotros, el que en un artículo publicado en facebook pone sobre la mesa esta situación insostenible. 
El miedo ciega el entendimiento y no ayuda a tomar decisiones acertadas. El pavor mantenido desestructura la mente, predispone a la pérdida de la contención psíquica y lleva a la depresión y a conductas disruptivas para uno mismo y para los demás, con los que ahora convive 24 horas al día: las tasas de depresión, suicidio, violencia contra las mujeres y contra los niños y niñas han aumentado de modo alarmante con el confinamiento.
Pretender prevenir estas alteraciones que todos estamos sufriendo casi exclusivamente con la difusión de “buen rollo” y unos aplausos diarios a las 20 horas no es suficiente. La información clara, ahora más que nunca, es necesaria para actuar y para sanar en tiempo de crisis. Es cierto que todo se ha dicho, pero ha quedado enterrado por una campaña mediática de terror. Otros países como Canadá, Islandia o Francia están difundiendo mensajes concisos, veraces y tranquilizadores para la población.
El doctor Paricio Talayero no niega la peligrosidad actual del virus (debido a la falta de inmunidad de la población), ni la necesidad de tomar medidas, pero trata de compensar el miedo irracional que se está provocando a través de los medios, y alienta a que no nos dejemos llevar por él y contextualicemos bien la situación, no vaya a ser que acabemos haciendo más daño del que queremos evitar. Y yo no puedo menos que darle la razón cuando escribe:

También diré que además o aparte del objetivo principal que se ha tomado aquí y en muchos países (“frenar el contagio”), si se priorizase el objetivo de “proteger a las personas vulnerables, con factores de riesgo”, entonces el confinamiento y el aislamiento social pasarían a un segundo plano, se podrían realizar de otras maneras, haciendo padecer menos a las personas, incluidos los niños. Otros países como Canadá y Suiza, también muy sensatos, lo están haciendo así.
Con tanto miedo creado, va a ser difícil “desescalar” esto. El día que nos digan que podemos salir a la calle tardaremos en salir, aún mas en dejar salir a nuestros hijos y aún más en abrazarnos. Nuestro enemigo, instalado en nosotros, hace que lo seamos unos de otros y, como es invisible, no sabremos hasta cuándo. El miedo nos hace sentir cómodos con y en la Verdad, la Verdad aprendida, la única: “quedémonos en casa”.
La verdad no se escribe con mayúscula inicial.

En resumen, he querido traer  hoy aquí las palabras de estos dos grandes pediatras porque me han ayudado a comprender y equilibrar esta situación excepcional. Parecen contrarias, pero no lo son en absoluto. En realidad son perfectamente complementarias

Sí, por un lado nos estamos enfrentando a un virus que en las condiciones actuales debe ser contenido para optimizar la manera en la que la población se inmunicé contra él y así minimizar el número de muertes que provoque, pero....

el miedo irracional es mal consejero y las medidas que se toman deben de tener en cuenta las necesidades de todos, incluidos (y especialmente) nuestros niños, extremadamente vulnerables y casi siempre olvidados.

Es posible llegar a un equilibrio que permita ralentizar los contagios sin producir daños innecesarios a nadie, pero para hacerlo hay que tener en cuenta todos los factores. Y en España, las necesidades de la infancia, no se han tenido en cuenta en absoluto. Y esto es un hecho, no una opinión.

Y para finalizar os dejo el artículo escrito por el doctor José María Paricio Talayero y Heike Freire (filósofa, psicóloga y pedagoga):


En él se resume perfectamente la situación de nuestros niños en esta crisis y por qué también España, al igual que hacemos ya en otros países, debería seguir las recomendaciones de la OMS de permitir a los niños salir al menos una horita al día.

Generalmente el miedo no es buen consejero y muy raramente las mejores soluciones están en los extremos. Controlemos entre todos esta pandemia, ralenticemos su expansión, pero no a costa de la salud física y mental de toda una generación de niños. Ellos se lo merecen. De hecho tienen todo el derecho. 


También te puede interesar: El sueño en tiempos de confinamiento

martes, 10 de marzo de 2020

LECCIONES DEL CORONAVIRUS (COVID-19)


Como todas las experiencias de esta vida, la actual (supongo que ya podemos denominar) pandemia del nuevo coronavirus COVID-19 nos está revelando cosas muy interesantes. Vale la pena ir apuntándolas, para que no se nos olviden, porque en el futuro vamos a necesitar partir de ellas, y no empezar desde cero, si queremos evitar una masacre.

Y no me refiero a una masacre por COVID-19, en absoluto, sino por el que muy probablemente llegará un día, por simple selección natural, como en su momento llegó la peste, la cual mató a un tercio de la población europea, en un tiempo donde no habría ni antibióticos ni higiene, pero tampoco aviones con los que dar la vuelta al mundo en menos de 24 horas, ni unos cuantos cientos de millones de personas tomándolos cada día.

Como toda experiencia extraordinaria, sobre todo cuando nos produce un estrés fuera de lo normal, ésta nos trae enseñanazas interesantes y valiosas. A mí COVID-19 me ha revelado que:

  • Toda la especie del planeta somos Uno solo. Lo que le pasa a una persona en el rincón más apartado puede llegar a afectar a todos y cada uno de los individuos de la humanidad. Ya no hay lugares inaccesibles. Ya no hay rincones donde esconderse. Las fronteras son solo políticas, y podemos intentar cerrarlas, pero los virus (o las bacterias, o los priones) no entienden de asuntos humanos y, antes o después, las van a atravesar. 
  • Somos una especie gregaria, nos necesitamos. No podemos vivir aislados. Necesitamos a nuestras familias, vecinos, amigos, conciudadanos. La idea de perderlos nos da más miedo que la idea de morir nosotros. En muchas ocasiones, incluso, la idea de morir nos atemoriza más por lo que dejamos aquí (especialmente nuestros niños) que por nosotros mismos. 
  • Cuando hace falta reaccionar, reaccionamos y cambiamos lo que haya que cambiar.  Cerramos colegios y museos, cancelamos ferias multitudinarias y suspendemos lo que haya que suspender. Algo bueno de saber, porque necesitamos creernoslo si queremos parar el cambio climático. Una amenaza para nuestra supervivencia mucho más importante que este pequeño parásito, pero ante la cual parece que seamos absolutamente incapaces de reaccionar. Pues bien, ahora vemos que somos más que capaces de tomar medidas drásticas ante una amenaza aguda. Por lo tanto, también lo seremos ante una amenaza crónica. ¡Hagámoslo!
Ante este tipo de crisis, los humanos parece que tenemos dos maneras de reaccionar:
    • Con miedo. Y, por lo tanto, división: nosotros los buenos, los otros los malos. Ellos nos traen la desgracia... por lo tanto hay que matarlos o nos tenemos que aislar de ellos, dejarlos fuera, expulsarlos.
    • Con amor. Los fuertes cuidamos a los débiles y más vulnerables. Tomamos medidas que nos sacrifican a todos en mayor o menor medida para protegerlos y asegurar en lo posible su supervivencia. No hay culpa ni culpables. No hay nosotros y los otros. Hay aceptación de los hechos y reacción. No es que no haya miedo, pero el miedo se convierte en herramienta y no en arma. El amor, en forma de solidaridad y compasión, domina la toma de decisiones. Todos son "de los nuestros", sobre todo los que no pueden defenderse de la amenaza.
Una sociedad humana madura reaccionaría con amor. Pero no somos una sociedad madura, ¿Verdad que no? Generalmente parece que el miedo es nuestro impulsor más poderoso.  Aunque lo cierto es que somos una mezcla. Personas que reaccionan con miedo y personas que reaccionan con amor. O, más bien, cada uno de nosotros reaccionamos con miedo o con amor, según nos pille o en qué situación. 

Por eso, desde este blog, quiero animaros a todos a que frente a esta (pequeña) crisis de pandemia hagamos un esfuerzo por reaccionar desde el amor todo lo posible

Que sigamos las normas de protección con responsabilidad y consciencia, aunque nos resulten una verdadera molestia. Y lo hagamos pensando en las personas más vulnerables al virus, las  cuales dependen del comportamiento de la sociedad para no contagiarse. 

Y que sintamos que somos todos una sola especie contra el virus. No hay ni chinos, ni europeos, ni americanos; ni hay blancos, ni negros, ni asiáticos. Este virus no entiende de razas. Ninguno lo hace. Cuando lo venzamos, lo haremos como especie o no lo haremos. Habrá una inmunidad general en la especie humana, y el virus dejará de ser algo especial para formar parte del pool de enfermedades sin importancia que pasan los críos y les inmuniza para toda la vida. 

Todo esto nos servirá como un ejercicio de entrenamiento para lo que está por venir. Porque vendrán peores. Es un hecho. No es ni una premonición ni una revelación esotérica. Sólo una deducción racional a la que cualquiera puede llegar si estudia la historia de la vida sobre la tierra, y la historia de la propia humanidad. 

COVID-19 nos hace un regalo: nos recuerda lo que somos, una especie en un pequeño planeta sin fronteras. Y nos da la oportunidad de ensayar qué hacer ante una amenaza global, como ordenaremos nuestras prioridades y desde dónde vamos a reaccionar: desde el miedo o desde el amor.

Nosotros decidimos.


viernes, 22 de noviembre de 2019

LA CIENCIA DEL SIGLO XIX EN LAS GUÍAS PARA PADRES DEL SIGLO XXI


El 19 de noviembre del 2019 la Comunidad de Madrid nos comunica lo que parece una estupenda noticia: el Hospital Niño Jesús publica la primera guía práctica para padres sobre Trastornos del comportamiento de niños y adolescentes, en la que se explica cómo reconocer estos trastornos, qué son, qué hacer y cómo prevenirlos. 

Teniendo en cuenta de que es una guía publicada este mismo año, el 2019, uno podría esperar que sus consejos y recomendaciones estuvieran basados en las más rigurosa y actualizada ciencia basada en evidencia. Y si bien yo no he entrado a analizar la mayor parte de esta publicación, tengo que decir que para el tema que a mí me incumbe, el sueño infantil, esto no es así.

En realidad, es todo lo contrario. Leer el capítulo de Trastornos de sueño hace llorar los ojos de cualquier especialista en sueño infantil realmente actualizado. De hecho, parece un copypaste de los manuales de crianza más anticuados y casposos que uno puede encontrar en la literatura sobre crianza. El mensaje trasmitido es tan arcaico que me quemaban los dedos por la necesidad de decirles a sus autores:
¿Cómo os atrevéis?
¿Cómo os atrevéis a escribir estas palabras a los padres? ¿Cómo os atrevéis a recomendarles cosas como las que siguen?

  • No acunes ni mezas a tu bebé para ir a dormir.
  • No le duermas en brazos.
  • No interpretes el despertar de tu bebé como hambre, sed o miedo.
  • Si se despierta no le cojas ni le des de comer, se acostumbrará a ello.
  • Para muchos niños dormir es una pérdida de tiempo, se niegan o se inventan necesidades y te llama, no cedas, si lo haces le estás enseñando malos hábitos.
  • Si al llevarle a su cama llora desesperadamente cada noche, déjale en su cuna o cama y sal del cuarto.
  • No entres en la habitación, es teatro, espera al menos cinco minutos. Si al entrar se calla, no le cojas ni le hables, sal diciendo “ahora a dormir”.
  • Si se despierta cada noche y te reclama para que le duermas, déjale llorar 30 minutos. Después entra para comprobar que está bien, algunos vomitan del enfado. No le hables, no le cojas, sal de la habitación y dices “ahora a dormir”.
  • Así durante tres periodos de media hora. Antes del tercer día tu hijo no te reclamará, habrá aprendido a dormir sin tu ayuda.

No hay ni un mínimo de evidencia científica que respalde vuestras recomendaciones. Es vergonzoso. Es denunciable. Estáis haciendo apología del maltrato infantil. El trabajo es tan burdo y zafio que ni siquiera concretáis sobre las edades de los niños (o bebés) a cuyos padres va dirigido vuestro mensaje. ¿Con que autoridad estáis diciendo a un padre que no interprete el llanto de su bebé por la noche como hambre o sed si no sabéis ni la edad que tiene? ¿Cómo os atrevéis a asegurar a todos los padres que leerán vuestra guía que el problema de su hijo es un problema “de hábitos” y mala educación? ¿Es que acaso habéis confirmado (por telepatía por lo que parece) que ese bebé o niño que llora no sufre una verdadera patología, desorden o problema que requiera la inmediata intervención de sus padres? ¿Es que acaso habéis dado claves para que los padres puedan confirmarlo? En absoluto. Os habéis limitado a asumir que ese niño que llora, o ese bebé que llora, no merece ser escuchado porque “es teatro”. Un mensaje SORPRENDENTEMENTE IRRESPONSABLE.

Por cierto, la última afirmación es, para la gran mayoría de niños, mentira. 

Que un hospital como el Niño Jesús haya permitido que una guía con este mensaje vea la luz en pleno año 2019 es desesperanzador. Es tirar a la basura medio siglo de investigación científica. Una ciencia imposible de resumir aquí, pero que cualquiera que ose dar recomendaciones a los padres debería conocer. Yo hice una humilde recopilación en el libro Dulces Sueños (Alianza 2016). Les recomiendo que, al menos, lean eso. Pero si quieren estar realmente informados les comparto encantada los 1300 artículos sobre sueño infantil (y áreas relacionadas) que tengo en una carpeta de Dropbox.

Así podrán aprender que la medicina del sueño infantil ha naturalizado el sueño en solitario, creando toda una serie de normas sin ninguna base científica ni médica sobre cómo y dónde deben dormir los niños. Pero muchos profesionales, afortunadamente, han desenmascarado esta naturalización y abogan por un abordaje más integral y objetivo de los problemas del sueño infantil. Aprenderán también que la manera natural de dormir del bebé/niño humano es colechando con sus cuidadores, principalmente su madre. Y podrán comprobar que para un sector cada vez más important, todos los profesionales e de la pediatría del sueño, y la ciencia del sueño en general, esa es la manera más saludable de hacerlo. Aprenderán que para muchos niños sus consejos pueden ser extraordinariamente contraproducentes y, de hecho, no mejoran en absoluto sus problemas de “insomnio infantil”. Para otros tal vez no supongan una respuesta tóxica al estrés, porque son más resilientes, pero les expone a un sufrimiento inútil, porque no hay ninguna razón médica por la que sus padres no deban cumplir su único deseo: dormir con ellos. Y si los padres están de acuerdo, entonces no hay problema de sueño ni hay sufrimiento. Y esto ustedes ni lo nombran.  

Hace ya cinco años la psiquiatra infantil Ibone Olza escribió un texto que se llegó a viralizar por la red. Se llamaba Desmontando a Estivill.  En él se puede leer:

Me he sentido desolada al ver esas secuelas que Estivill insistentemente niega, y que a veces tienen la forma de trastornos de ansiedad de separación, depresiones infantiles, enuresis o graves trastornos de conducta en la adolescencia. Cuando se ha conseguido que una madre o un padre desatiendan el llanto de su bebé dejándole sólo en otra habitación, cuando ya se ha producido esa primera quiebra, la confianza en los demás, la bondad, la empatía del niño o niña se pueden ver mermadas de por vida.Desmontando a Estivill. Ibone Olza MD 2012


Desde aquí quiero hacer una llamada para la inmediata retirada y revisión de esta guía. Nada así debería ser publicado sin haber demostrado la absoluta ausencia de efectos nocivos del sueño en solitario impuesto de una manera tan burda como aconsejan estos autores.

Y para finalizar quiero hacer otra llamada a mis lectores a participar en un proyecto de investigación llevado a cabo en la universidad del País Vasco, liderado por el doctor José Martín Amenabar, y que pretende evaluar los efectos de uno de los métodos más populares para forzar el sueño en solitario en nuestros niños: el Llanto Controlado, más conocido en nuestro país como Método Estivill. Para que en el futuro los profesionales del sueño infantil puedan tratar con éxito los desórdenes del sueño de nuestros hijos es absolutamente imprescindible la realización de trabajos como este. Si no, no avanzaremos nada. Los niños seguirán necesitando dormir con nosotros, los pediatras nos seguirán obligando a dejarles durmiendo solos (a pesar de las faltas de evidencia científica) y los padres seguiremos llorando, detrás de una puerta cerrada, escuchando el llanto de nuestro hijo, con el alma rota… y todo absolutamente por y para nada.

Aquí encontraréis los cuestionarios:


¡Animaros a participar!


Además, todos los profesionales de la salud infantil y la educación estáis invitados a firmar un manifiesto preparado con la intención de ser enviado a las autoridades del Hospital Niño Jesús. Aquí lo tenéis:

Manifiesto en respuesta a la Guía para Padres «Trastornos del comportamiento de niños y adolescentes» del Hospital Niño Jesús de Madrid


viernes, 19 de julio de 2019

VIOLENTA FELICIDAD

La foto en cuestión corre por Facebook y también la podéis ver en este enlace:

https://www.facebook.com/sarahjefford/photos/a.1646172388979357/2120429381553653/?type=3&theater

Analicemos esta foto.

Ella acaba de parir. Tras nueve meses gestando ese bebé su cuerpo está preparado para su función vital más importante: asegurar la continuidad de la especie mediante la maternidad. Así que ella a todos los efectos es una madre y, como tal, está programada para enarmorarse loca y absolutamente de su criatura y asegurar así su supervivencia.

La clave está en su cuerpo, que ha trabajado intensamente para convertirse en la madre que su hijo necesita. ¿Cómo lo ha hecho? Básicamente liberando las hormonas necesarias para que diversos órganos estén preparados para esta importante función. Dos son los principales: el cerebro y las glándulas mamarias. 

El cerebro sufre tantos cambios en el embarazo que algunos especialistas ya hablan de madrescencia, término paralelo a "adolescencia" que pretende ser un nuevo marco conceptual donde integrarlos. Un objetivo de la madrescencia está muy claro: asegurar la completa atención de la madre sobre su bebé haciendo que ella desee y necesite intensamente estar con él durante las veinticuatro horas del día. Así se asegura un contacto casi continuo entre ambos, especialmente los primeros meses tras el parto, capaz de proporcionar al bebé el hábitat en el que puede prosperar y crecer saludablemente. Por lo tanto, la separación del bebé tras el nacimiento es realmente traumático para la madre. Un trauma que ella puede negar y relegar a lo inconsciente bajo el mandato implacable de su racional neocortex, pero que no por eso es menos real o tiene menos consecuencias.

Las glándulas mamarias también han sufrido cambios espectaculares durante el embarazo con una única finalidad: producir el mejor alimento para ese bebé. Ni la leche de otra mujer, ni mucho menos las leches artificiales, alcanzarán nunca el grado de idoneidad de la leche producida por la propia madre biológica, al menos si no hay una patología que lo impida. 

Cuando tras el nacimiento a una madre se le arrebata su bebé su cuerpo interpretará que éste murió, con todo lo que eso conlleva. La pérdida produce duelo, y el duelo ignorado depresión. Las glándulas mamarias también habrán cambiado para nada, lo que no va a tener muy buenos efectos en su salud, hasta el punto de aumentar significativamente su riesgo de cáncer en el futuro. 

Y ahora el Bebé. En este caso parece que se llama Sarah, y acaba de nacer como lo hacen todas las criaturas humanas: varios meses antes de lo que le correspondería. Por lo tanto viene al mundo extremadamente inmadura. El cuerpo de la madre está preparado para este fenómeno y por eso Sarah está programada para sobrevivir sobre él. El hábitat del recién nacido es el cuerpo de su madre. Todo lo que la bebé puede o no puede hacer sólo se puede entender en referencia al cuerpo de su madre. Si el bebé es separado de éste, su hábitat, se desregula. Esta desregulación genera estrés, o el estrés de la separación provoca una desregulación. Lo mismo da. El caso es que lo peor que le puede pasar a un recién nacido es ser separado de su madre. Si esta separación es definitiva, todavía peor. La separación, incluso aunque sea temporal, determinará su desarrollo neurológico. Sarah no será la misma mujer que tendría que haber sido de haber respetado el continumm y el rol de su madre en su vida. Esto es una evidencia científica.

La separación de su madre hace tanto daño a Sarah que le produce un efecto permanente. Hoy en día diversos especialistas lo llaman Herida Primal. La Herida Primal duele, y mucho. Y no durante unas horas o unos días. La Herida Primal puede llegar a doler toda la vida. Igual que el trauma que la madre sufre por al separación, si esta herida primal es, además, ignorada y despreciada, será el abono perfecto para futuras patologías. Y así en el cuerpo (y el alma) de Sarah se planta la semilla para futuras enfermedades físicas y mentales, que posiblemente nunca se relacionen con el suceso más traumático ocurrido en su etapa primal: la separación de su madre. 

Y al fondo, ellos. Esa pareja de hombres —pero podrían haber sido dos mujeres o un hombre y una mujer, lo mismo me da— que están ahí, llorando de emoción, cuando deberían llorar de culpabilidad y pena. Han prostituido el cuerpo de una mujer y han destrozado los derechos más fundamentales de su bebé, ese bebé tan deseado y en teoría tan amado, pero no parecen conscientes en absoluto. Si, además, pretenden criar a Sarah con "dos padres" ya es la guinda del este pastel de mierda. 

Y no me malinterpretéis. No digo que uno de ellos no pueda incorporarse al rol de madre, tan fundamental para el desarrollo saludable de Sarah. Cada día muchos bebés abandonados tienen la oportunidad de crecer saludable y felizmente porque una madre sustituta ocupa el lugar de la madre biológica. Y esta madre en ocasiones es un hombre (trans o cis). Pero esta madre sustituta, y el resto de la familia adoptiva, suele ser muy consciente de la herida primal, lo que abre la puerta a intervenciones que ayuden a sanarla. También la madre adoptiva suele ser consciente de sus limitaciones fisiológicas, ya que no ha pasado por un embarazo, pero su cuerpo trabaja duro para adaptarse, hasta el punto de que las más comprometidas y mejor informadas llegan a intentar inducirse la producción de leche, o utilizan su pecho como lo haría la propia madre biológica, ofreciendo al bebé un nuevo cuerpo donde habitar. Pero todo ello supone un esfuerzo enorme de sanación, y no sólo por parte de la madre adoptiva, sino, sobre todo, por parte del bebé. Por eso es tremendo que una criatura sea concebida con la finalidad de ser separada de su madre, la mujer que le ha gestado, y es inconcebible justificar la maternidad subrogada con el hecho de que los bebés abandonados pueden llegar a crecer saludablemente cuando son criados en familias amorosas.  

Ellos, los dos emocionados llorones de la foto, parecen no saber todo lo explicado hasta ahora, porque si lo saben, y a pesar de eso han hecho lo que han hecho, es que son muy mala gente. También es posible que se limiten a no creerlo. Los humanos llegamos muy lejos a la hora de justificar las malas acciones. Ellos ya tienen lo que tanto desean, y a quién se han llevado por delante en el camino es irrelevante. Así que lloran de felicidad, no de pena o culpabilidad. 

Existe una felicidad cargada de violencia, y eso es lo que ha inmortalizado el fotógrafo de esta imagen. Felicidad para unos gracias al ejercicio de la violencia sobre otros. No es excepcional en nuestra especie, desafortunadamente, pero mientras que en otros contextos nadie lo cuestiona, en este pretenden esconderlo pintándolo de color rosa Disney, más que nada porque el deseo de ser madres/padres ciega a unos, y la avaricia y el afán de enriquecerse ciega a otros.  

Y no. El rosa chicle aquí no consigue esconder la evidencia. Lo que es violencia es violencia, por mucha felicidad que regale. 


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viernes, 5 de julio de 2019

NO ME QUITÉIS LA PALABRA MADRE


Hace cosa de cinco días, a eso de las dos de la madrugada, estaba yo inmersa en mis ciclos de sueño, cuando una señal ambiental me subió en cuestión de segundos al estado de vigilia. Era la tos de mi hijo pequeño, que duerme en una habitación compartida con sus hermanos al otro lado de la casa. 

Otro segundo más y ya estaba yo, tambaleante y mareada por despertar tan abruptamente (por el estado en que me encontraba yo juraría que salía del sueño profundo), al lado del desastre. Mi niño había vomitado en el suelo del dormitorio, del pasillo y del baño. Al lado de la habitación de mis hijos está el despacho de la familia. En el despacho estaba mi marido, mirando la pantalla del ordenador con unos auriculares puestos. El bendito padre no había movido un dedo mientras su retoño vomitaba por media casa. No se había enterado. 

Esta anécdota solo es un copito de nieve en la punta del iceberg que muestra que una cosa es ser madre y otra es ser padre. La conexión que tenemos las madres con nuestros hijos es única y a veces parece cosa de magia. ¿Quién de nosotras no se ha despertado en medio de la noche unos segundos antes de que el bebé comenzara a reclamar? ¿O que me decís de esas madres que han salvado la vida de sus bebés al despertar de repente porque la criatura había dejado de respirar? 

Para un bebé la madre es absolutamente fundamental e irreemplazable. Cuando siente que le separan de ella siente un terror de muerte. "El hábitat del recién nacido es el cuerpo de su madre". Y punto. No hay nada más que argumentar por aquí.Y el cuerpo de la madre sigue siendo una parte muy importante del hábitat del bebé mayor y del niño en esta época en la que va cruzando el puente desde su madre hacia la sociedad, puente que en la mayoría de los casos es la relación con el padre. Las relaciones de los hijos con su madre y con su padre nunca serán iguales, tengan la edad que tengan. Cada una es única e irreemplazable.

MAMÁ es el puerto seguro. Es el lugar donde las tempestades de la vida dejan de dar miedo. El refugio de todos los refugios. Yo tengo cuarenta y nueve años y sigo sintiendo esa seguridad infinita entre los brazos de mi madre. A mi padre lo adoro, por supuesto. Pero mi madre es mi madre. Imposible igualar ambas funciones.

Por eso, ante el comunicado de la Liga de la Leche en apoyo a los hombres transexuales, que yo apoyo al 99% me gustaría hacerles llegar una puntualización por ese 1% con el que discrepo.

No me quitéis la palabra MADRE.

Porque un bebé necesita una madre y tiene derecho a una madre. Me da igual que esa madre tenga pene o barba, pero tiene que ser su madre. No su padre. El padre, el rol de padre, es otra cosa muy diferente y nunca puede sustituir a la madre. Una madre gesta, pare y amamanta. Un padre no. 

Desde el punto de vista del bebé, la persona que le pare, en la que habita tras el parto y de la que recibe su alimento, es su madre. Y la conexión fisiológica que se establece entre el cuerpo del bebé y su madre es única e incuestionable. Si el cuerpo de la madre es el de un hombre transexual, será una madre hombre transexual. Pero es una madre. No es un padre, porque ser padre es otra cosa. Y si ser madre es una función femenina, pues este hombre transexual está realizando una función femenina. Esta es la realidad, y yo no puedo comprender por qué esto puede ser un problema para las personas que no se identifican con el binarismo mayoritario. Lo cierto es que, en este contexto, que algo sea masculino o femenino no me parece lo más relevante. Lo importante aquí es el rol que ejerce esta persona respecto al bebé.

En el caso de la adopción, el bebé, que ha sufrido el terrible trauma de la pérdida de su madre biológica, lo que más necesita en este mundo es "Un pecho donde habitar". Me da igual que este pecho sea peludo o no, o pertenezca a un humano macho, hembra o hermafrodita, trans o cis. Pero tiene que ser el pecho de su nueva madre. Su madre, no su padre. 

El patriarcado se basa en la muerte de la madre. Somos la sociedad que somos porque hemos matado a LA MADRE. Desde que descubrí esta realidad trabajo duro para revertir esta situación y resucitar esta figura fundamental en la vida de nuestras criaturas. La evidencia de que lo que más necesita un bebé humano para prosperar y crecer de manera saludable es una madre me ha hecho querer centrar este debate, no en el género o identidad sexual de la persona que pare al bebé, sino en el rol que realmente tiene. Si miramos esta situación desde la perspectiva del bebé, nos damos cuenta de que la identidad de género de la persona que le ha parido es irrelevante. Para él es su madre porque la biología de ambos así lo determina. 

Por eso, nunca, bajo ningún concepto, pienso renunciar a la palabra MADRE.

La madre es sagrada, es imprescindible, es irreemplazable. Y así lo deberíamos entender todos los adultos que queremos tener hijos. 

Y por eso quisiera plantear esta situación desde esta reflexión: la gran mayoría de mujeres y muchos hombres transexuales podemos parir y podemos amamantar, esto es, podemos ser madres. Una vez que  un hombre trans ha gestado, parido y amamantado a su hijo ya es su madre, porque la conexión fisiológica entre ambos así lo determina. El papel de madre no desaparece y uno no se convierte en padre simplemente por su identificación con el género masculino en el resto de facetas de su vida, especialmente cuando su cuerpo ha ejercido de madre durante toda la etapa primal. 

Y en los caso de adopción, concretamente en los de una pareja sin mujer, uno de los hombres tendrá que asumir este papel maternal, con  todo lo que esto conlleva. Porque si no, el bebé será huérfano de madre, y esta carencia se cobra un precio muy alto.


viernes, 17 de mayo de 2019

DÍAZ AYUSO Y EL EMPRENDIMIENTO DE LAS (SUPER)MADRES

Dice Isabel Diaz Ayuso, candidata del PP, que a ella le gustan mucho las mujeres que emprenden justo después de dar a luz. Como su amiga Ana, dice, que una semana después de parir ya está emprendiendo. Y no emprendiendo de manera local, no. Ana —super-Ana, si me permiten— está “emprendiendo por el mundo”. Vamos, que la tía es tan genial que su ciudad, ¡hasta su país!, se le quedan pequeños cuando se trata de emprender en pleno puerperio. Y es que, a la semana de parir, con los puntos de la episiotomía (o la cesárea) todavía frescos, el útero en plena involución, entre entuerto y entuerto, todavía perdiendo sangre nivel “Down of death”, lo mejor que podemos hacer las mujeres es ir a comprar un billete de avión para irnos por ahí, cuanto más lejos mejor, a emprender.

Lo que no deja muy claro es si tenemos que emprender con bebé o sin bebé. Porque si es sin bebé será todo mucho más fácil, donde va a parar. Y es que las podemitas ya se están encargando de que podamos escolarizar a nuestros bebés desde el minuto cero, para que nos podamos dedicar a emprender tranquilas. Por eso no entiendo muy bien cuando Diaz Ayuso acusa a las de izquierdas de “victimizar y colectivizar los sentimientos”, como si estas tuvieran alguna pretensión de apoyar a las mujeres que tenemos hijos para criarlos así, en plan mamífero, con teta a demanda y contacto las veinticuatro horas del día, tipo gorila de montaña.


Pero, señoras, ¡si remáis todas (y todos) en la misma dirección! ¿A qué viene lanzaros tanto insulto gratuito? El objetivo es separar a la criatura de su madre cuanto antes para que ella, la madre, pierda el mínimo tiempo siendo “improductiva” ¿No es cierto? Lo de menos es si emprende o se va a trabajar de cajera al Carrefur, pero el caso es que genere riqueza ya. Además, éste es el método más antiguo de la historia para conseguir una sociedad violenta. Ya lo dijo Prescott en el año 1975; cuanto menos placer corporal y menos afecto maternal a las criaturas, más violencia.  Y yo, entonces, me monto la ecuación perfecta; más violencia igual a más miedo, más miedo igual a más sumisión, más sumisión igual a más poder para los poderosos y, finalmente, más poder para los poderosos igual a la perpetuación de este sistema aberrante que nos está llevando a la especie humana hacia la extinción, a la vez que sigue enriqueciendo y llenando de privilegios a un 1% de la humanidad mientras hunde en la miseria al resto.



El caso es que cuando oí a Isabel hablando sobre su amiga Ana —super Ana, si me permiten— no pude menos que sentirme un tanto perpleja porque, oye, yo, lo que se dice emprender, siento que llevo trece largos años emprendiendo, en serio. De hecho, ni siquiera esperé una semana para empezar. ¡Yo empecé a emprender desde el minuto cero!



Emprendí tres veces una lactancia materna. Tres veces. Cuatro mastitis la primera, dos la segunda y al menos una evidente en la tercera. A día de hoy cuando pienso, oigo o digo la palabra “mastitis” me duele la teta izquierda. Fueron tres proyectos muy duros e intensos que en conjunto me llevaron nueve años. Valió la pena cada segundo invertido, eso también es verdad, y si bien no "generé riqueza" tal y como se considera convencionalmente, creo poder asegurar que ahorré a nuestro seguro médico unos cuantos miles de francos a medio y largo plazo. Y si no preguntadles a ellos, que me cobraban menos si amamantaba. Digo yo que, con lo prácticos que son los seguros de salud suizos, por algo debía de ser.



Emprendí tres veces una relación de apego. Tres veces. La segunda y la tercera intentando no interferir en el desarrollo de la anterior. Me convertí en una maga del malabarismo con el tiempo invertido a cada niño. He llegado a dar el pecho al pequeño mientras le tiró la pelota con el pie al mediano y le leo un cuento al mayor. En mis mejores momentos, además, entre párrafo y párrafo de la historia infantil era capaz de planificar la cena, hacer la lista mental de la compra y mirar de reojo el reloj a ver si llegaba la hora en la que regresaba, por fin, el padre de las criaturas.



Emprendí tres proyectos de educación. Tres proyectos. Con tres niños, cada uno diferente. Madre primeriza tres veces, me digo. Porque a dos les gusta el Kung-fu y al tercero el tiro al arco. El fútbol, por suerte, a ninguno. Pero los dos pequeños pintan y el mayor canta. A los tres se les dan bien las mates, y a ninguno le gusta especialmente la lengua, aunque tienen dos idiomas en casa y dos más en el colegio. A uno le gusta el inglés, pero odia el francés. Al otro el francés le parece precioso y el inglés muy simple. Al pequeño no le gusta ninguno hoy, y le gustan todos mañana. Quieren hablar siempre en alemán y se niegan a leer libros en español, así que aquí me tenéis escribiendo una novela con ellos para que no pierdan su (mi) amadísima lengua madre. Tengo doce horas al día, más o menos, para ofrecer a cada niño actividades y materiales que les permitan desarrollar sus talentos y superar sus dificultades. Llevo trece años inmersa en mis tres proyectos de educación, y la cosa promete porque va para largo.


Emprendí un programa de salud infantil que incluía nutrición, higiene, desarrollo cognitivo y todo lo necesario para que mis tres retoños crezcan sanos y fuertes. Fui llevando la adquisición de conocimientos teóricos en paralelo a la aplicación práctica. Muy estresante todo, especialmente las épocas en que el mayor se me ponía a 40 grados de fiebre por un catarro, el mediano pillaba tres veces la escarlatina y el pequeño se quedaba anémico porque sólo quería leche y yogur. En el tema del sueño llegué a profundizar tanto que escribí un libro fruto de la lectura de unos 600 artículos científicos (que ahora son más de mil). Pero ese libro sólo es la punta del iceberg de años estudiando intensamente todo lo que consideré relevante para la crianza de mis hijos. Al menos el proyecto del sueño, gracias al libro, los artículos y los cursos, tiene cierto reconocimiento social y económico. Pero todo el trabajo que lo sostiene es invisible. La inversión en tiempo y energía, impagable. La recompensa, en cualquier caso, ha sido inmensa porque me ha dado libertad para criar a mis hijos como realmente quiero hacerlo. Y ese era mi objetivo (y no generar dinero para las arcas del estado).


Así que, querida Isabel Díaz Ayuso, las madres somos emprendedoras por definición y no necesitamos salir de nuestro pequeño mundo para conseguirlo. Pretender que, además de en la maternidad, emprendamos en el campo laboral en plena etapa de exterogestación es, cuanto menos, maltrato y abuso contra la mujer y contra la infancia. Como estamos en una sociedad maltratadora por sistema, sobre todo contra los niños y no menos contra las mujeres, no me extraña esta normalización de la violencia por parte nuestros políticos (Prescott lo explica muy bien, como ya he comentado). Pero que no me extrañe, no significa que esté dispuesta a seguir consintiéndola.

Porque muchas mujeres en el mundo hemos emprendido o estamos emprendiendo el proyecto más importante para la sociedad: la maternidad deseada, responsable, consciente, libre y mamífera.


Y el que no quiera verlo, pues que se vaya comprando unas gafas, porque ya nos hemos hartado de ser pisoteadas por todos estos políticos que, como tú, nos ningunean.